miércoles, 10 de agosto de 2011

Desproporcionado

La proporción es una cosa tan compleja que no sabemos cómo abordarla. En arquitectura, por ejemplo, reprobaban los estudiantes que en sus maquetas ponían seres humanos del tamaño de árboles y carros con las dimensiones de un edificio.

Vivimos en un país de desproporciones, donde los almuerzos corrientes vienen con cuatro harinas y una proteína (que suele ser carne de caballo). Nadie dice nada porque llenarse el estómago con seis mil pesos para poder seguir trabajando toda la tarde es un lujo, más allá de que a las 4 p.m. la siesta nos gane.

Hernán Darío Gómez le pega a una mujer y lo tratan como al peor de los criminales. Es un acto inaceptable, sí; es una figura pública que debe mantener la compostura, también, pero se nos va la mano, como siempre, porque nos gusta fijarnos en pequeños detalles mientras olvidamos el contexto. Los detalles son importantes, son los que impiden que nos peguemos un tiro cada mañana, pero de nada sirven si la estructura es un caos. Es como tener una caja de seis velocidades de un Mercedes Benz, pero sin el Mercedes.

A mí lo que no me cuadra en el tema de Bolillo Gómez es el discurso feminista, lo que no me hace necesariamente machista. Los discursos extremos, inflexibles, que no aceptan matices me parecen de lo más perjudicial. Estoy en contra de cualquier manifestación de feminismo, machismo, patriotismo, racismo, fanatismo religioso, homofobia y cualquier cosa que se le parezca.

Está bien que la violencia de género ha cobrado miles de víctimas, pero el caso de Gómez no es el de un hombre pegándole a una mujer, sino el de un ser humano agrediendo a otro; nadie debería adueñarse del discurso que censura el hecho, ni creer que su moral está por encima que la de cualquier otra posición.

Acá condenamos a un hombre violento, pero a los políticos les decimos “Doctor”, y hasta los nombramos presidentes. Que Hernán Darío Gómez es un símbolo, de acuerdo, pero es que las personas nos dejamos llevar por imágenes: vemos dos pedazos de madera cruzados y decimos que es una cruz, y que Jesucristo murió en ella por nosotros. Le rezamos y le damos gracias. Nada de eso, Jesús era un tipo como usted que murió porque significaba una amenaza para los poderosos de la época.

¿No ha llorado usted viendo una foto de la novia que lo dejó? Sabe que no se trata de ella y que es una imagen, pero la guarda como si fuera la de carne y hueso porque a los humanos nos encanta aferrarnos a intangibles. Imbéciles que somos.

A raíz del hecho, un usuario de Twitter escribió que Gómez debía irse porque era “la cara de los hombres colombianos en el mundo”. ¿De verdad? ¿Usted siente que un director técnico lo representa? ¿Uno llega a Vietnam y lo señalan y le dicen “Hernán Darío Gómez” entre risas y mímicas de golpes? Es cierto que el tipo toma guaro, le pega a las mujeres y es malhablado, como cualquier colombiano promedio, pero afirmar que representa a una millonada de hombres es una exageración.

Desproporcionados que somos. Tanto, que la gente del Reinado Nacional de la Belleza no deja participar a una mujer si ha posado antes en ropa interior. Peor aún, durante meses los medios de comunicación le dan horas y metros de despliegue al evento, con patrocinios, enviados especiales y MiniCromos. ¿Con qué cara un país que hace eso le exige la renuncia a un tipo que pierde los cabales un sábado en la noche?

Yo quería que Gómez se fuera, es más, nunca debió ser nombrado, pero de irse, debió haberlo hecho por flojo, rosquero y mal técnico, no por golpeador de mujeres. Es un premio tonto, una excusa, como cuando metieron a Al Capone a la cárcel por evadir impuestos y no por traficar con licor.

El licor. Quien dice licor en Colombia dice Bavaria. Bolillo Gómez no se fue por violento sino porque el patrocinador de la selección no lo quería. Es decir, lo tumbaron razones económicas, no morales. Somos un país, un mundo de porquería.

Sin embargo no entiendo el papel de Bavaria, más allá de poner plata, que no es poca cosa. Una empresa que vive de emborrachar a un pueblo violento que cuando toma se vuelve más violento no tiene mucho que opinar. Lo único que tiene a favor es que el alcohol es legal y la droga no, pero digan lo que digan quienes hacen las leyes de este mundo, una licorera no tiene más autoridad ética que un narcotraficante. De haber existido hoy, Al Capone tendría una fábrica de licores, ¿le hubiera permitido usted a ese señor pontificar sobre qué está bien hecho y qué no?

Yo he ido a El Bembé, el bar donde pasó todo lo del Bolillo, y puedo decir que sus precios son de escándalo (desproporcionados). Una vez me gasté $300.000 que no tengo y no me emborraché; imposible no salir con rabia así. Es una suerte que esté soltero, porque de haber ido con pareja también la habría agarrado a golpes.

Ahora el problema ya no es del Bolillo, que deja de ser una figura pública y puede dedicarse a hacer la vida privada que le plazca. Lío el que se le viene al que lo suceda; con todo lo que ha pasado no solo tiene que ser una seda, también le toca salir campeón del mundo.
Publicado por Adolfo Zableh Durán en 17:39

(Texto cedido muy gentilmente por una ama de casa tartamuda, lo pueden encontrar en http://www.lacopadelburro.com/)

domingo, 10 de abril de 2011

Carta abierta a las autoridades universitarias

Medellín, 04 de abril de 2011

Doctores

ALBERTO URIBE CORREA

Universidad de Antioquia

Rector

MARTINIANO JAIME CONTRERAS

Universidad de Antioquia

Vicerrector General

Asunto: CARTA ABIERTA A LAS AUTORIDADES UNIVERSITARIAS

Respetados Rector y Vicerrector:

Me permito expresarles mi desconcierto y tristeza al ver la vertiginosa forma en que se va a pique nuestra Universidad en los últimos meses de su administración. Desde mi reincorporación a las funciones que me corresponden como docente vinculado al Instituto de Filosofía mediante el programa “200 años”, el día a día de la comunidad universitaria transcurre bajo los asedios y agresiones de un sitio policial permanente ante el cual las instancias que ustedes presiden se han tornado permisivas, y que ha ido cobrando preocupantes proporciones al poner bajo el señalamiento de fuerzas de toda laya el recinto del saber que debe ser la Universidad.

Al trato infantilizante y grotesco al que la comunidad universitaria se ve sometida al tener que soportar las cargas de la represión directa, se suma el hecho no menos lamentable de que la Universidad de Antioquia haya cerrado sus puertas al conjunto de la sociedad. Repentinamente nos vemos sumidos en un proceso de guetarización gracias al cual la Universidad ha tomado a ojos vista el aspecto infame de un establecimiento carcelario, con la consecuencia de haber formado alrededor suyo la opinión general según la cual la Universidad pública es una guarida de delincuentes.

En condiciones semejantes, resulta imposible para estudiantes y profesores pretender llevar con orgullo el nombre de la Universidad. Ante el consabido desprestigio que mancilla hoy el nombre del Alma Mater, la única respuesta debe ser la transformación de las condiciones infamantes que ensombrecen nuestra realidad.

En esa medida, les dirijo mi llamado a esa idea tantas veces pregonada en los discursos de su administración: la de una defensa de la Universidad; que el clamor de esta palabra se traduzca en hechos reales, para que no sea un mero artilugio sofístico, una palabra hueca esgrimida como estrategia mediática destinada a eludir los problemas.

Con este espíritu, elevo ante ustedes en cuanto autoridades universitarias y en su calidad de instancias de poder de la Universidad, dos peticiones concretas:

1. Retirar los escuadrones de fuerza pública del espacio de la Universidad; y no sólo de sus alrededores, sino también del interior de la Universidad, pues tales fuerzas han ocupado y vulnerado dicho espacio en hechos reiterados que han puesto a la comunidad universitaria en situación de alto riesgo y plena indefensión.

2. Abrir las puertas de la Universidad de Antioquia a la población de la ciudad, del departamento y del país, pues si la Universidad es pública lo es por pertenecerle enteramente a la sociedad, a la cual se debe, y gracias a la cual ha mantenido su existencia.

Sea esta la manera de empezar a restablecer la dignidad que ha acompañado siempre el nombre de la Universidad de Antioquia. Lo contrario de esto sólo sería insensatez e irremisible precipitud en el abismo. Su condición de directivos universitarios los hace responsables de los duros embates que actualmente han desdibujado la idea de nuestra Universidad; en ustedes están también las decisiones que puedan transformar la desoladora imagen del presente.

Respetuosamente,

Carlos Enrique Restrepo

Profesor Instituto de Filosofía

Universidad de Antioquia

miércoles, 6 de abril de 2011

Otra vez: una profecía que se autocumple

Llevo varios años en la Universidad de Antioquia y por lo tanto se me han hecho familiares algunos acontecimientos: el ruido de las papa-bombas, el olor de gases lacrimógenos, los semestres que se programan pero que necesariamente hay que reprogramar, algunas salidas apresuradas que hacen cortar de tajo el trabajo que se estaba realizando, la incertidumbre de si es posible realizar el evento que con tanta anticipación se había preparado, etc. No es ciertamente el mundo ideal pero tiene unas compensaciones, que se aprovechan oportunistamente: es el tiempo para leer el libro que le habíamos hecho hacer fila durante semanas, o para entregar esos conceptos y esas opiniones que nos piden, que una jornada normal no da espacio para eso o, simplemente, para enterarse adecuadamente de los problemas de la universidad que el afán diario no permite captar en toda su dimensión.

Sería difícil hacer el inventario del aporte que esos acontecimientos contribuyen a construir el talante de los universitarios de la Universidad de Antioquia. Y por eso, a pesar de que las autoridades (que hace algún tiempo eran sólo las universitarias) daban orden de evacuación, se buscaba la manera de dilatar su cumplimiento para informarse adecuadamente o, simplemente para “novelear”. ¡Curioso que es uno!.

Pero el 31 de marzo todo fue distinto. Antes de que nadie avisara sobre una evacuación, los gritos de pánico llegaron al cuarto piso y algo indicaba que era la hora de salir sin mayores miramientos. En ese momento los gases lacrimógenos dificultaban la respiración y producían una gran molestia en estos ojos viejos y recién operados. Logramos llegar al frente de la biblioteca en búsqueda de la salida por la Avenida del Ferrocarril, cuando nos vimos acorralados por centenares o tal vez de miles de estudiantes que corrían en direcciones contrarias porque la policía acosaba por la entrada de Barranquilla y otros muchos aparecieron en dirección hacia nosotros desde la cafetería aledaña al teatro Camilo Torres Restrepo. A paso ligero, llegamos hasta el parqueadero del edificio de la rectoría pero las bombas lacrimógenas no cesaban de sonar y de afectarnos las vías respiratorias, los oídos y los ojos.

Tengo que admitir que en ese preciso momento sentí una gran alegría: hacía muchos años que nadie me pedía un cigarrillo y mucho menos que la gente alrededor no nos mirara a los fumadores con ese desprecio y ese asco, que supongo eran con los que se miraban los leprosos hace algunos siglos. Me reconfortó ese instante efímero de tolerancia, en un mundo en que se cree que la libertad consiste en tener un mundo sin humo, sin asambleas, sin discusiones, sin gente reunida, sin grafitis, sin gritos y sin un largo etcétera. Mi goce fue interrumpido por otro pelotón del Esmad que entraba por la portería del Ferrocarril. Algunos los pudimos esquivar y ganamos la calle. Parece que otros no corrieron la misma suerte.

Desolado, con una rabia contenida porque ya no tengo la fuerza física para desahogarla con gritos o coreando consignas como lo hacían muchos de los estudiantes, caminé hasta que pude encontrar transporte público para regresar a la casa.

Como no tengo la capacidad de meterme en twitters, facebooks o redes sociales, me tuve que conformar con los noticieros de la radio y la televisión, que como todo el mundo sabe, primero califican los hechos y después dan una precaria información sobre los mismos. En la página de la Universidad pude enterarme, a las siete y media de la noche, que las actividades estaban suspendidas desde las tres y treinta de la tarde.

No me molestó siquiera enterarme un poco tarde de la suspensión de las actividades; lo que me preocupa y me hace escribir estas líneas, después de haber visto el pánico y el terror en tantos rostros que usualmente veo en estas aulas, estos pasillos, estas cafeterías, estas oficinas, esta biblioteca y en tantas otras partes de la Universidad, es: ¿esta es la manera en que nos están protegiendo el derecho al trabajo, al estudio, nos están garantizando nuestra libertad y todos esos derechos que mis compañeros los constitucionalistas nos han explicado con tanta lucidez?. ¿Sería simplemente un uso desmesurado de la fuerza o la constatación que un cuerpo de choque, que no conoce la Universidad, jamás debería ser invitado a actuar entre cientos o miles de personas, porque su propia naturaleza le impide hacer sutiles distinciones entre enfermos, incapacitados para movilizarse, personas asustadas o entusiastas estudiantes? Por lo menos de una cosa sí estoy seguro: los gases lacrimógenos no tienen la menor posibilidad de distinguir y recordando la famosa anécdota del que va hacia al despeñadero, es tal vez mejor que quedemos como estábamos, a que nos protejan de esta manera.

Julio González Z.

Profesor

Facultad de Derecho y Ciencias Políticas.

Medellín, Abril 4 de 2011.